miércoles, 3 de septiembre de 2014

W.I.C

Una vez conocí a un chico que afirmaba no haberse enamorado nunca. Lo conocí en invierno, pero llegó a mí como la primavera, pues yo lo estaba esperando con ansias, pedía a gritos un cambio de estación, sentir de nuevo algo dentro que se pareciera al calor. Eso debería haber durado lo nuestro, una primavera. Ojalá no hubiera llegado el invierno, ojalá no se hubiera marchitado todo, ojalá no hubiéramos intentado volver a iniciar el ciclo,volver a llamar a gritos a la primavera, y verla a lo lejos como un espejismo, y esperanzarnos, y sentir como no llegaba, como se alejaba, delante de nuestros propios ojos. Sin posibilidad de renacer como los cerezos lo hacen cada año, con nuevas esperanzas, nuevos deseos, puros, frescos. No. Noches largas, días cortos. Eso nos deparó el invierno. Los días eran cortos porque te tenía y me anestesiabas, me hacías olvidarme de la nieve que lo cubría todo, poco a poco, y que se asentaba, dispuesta a acabar con todo. Las noches eran largas sin ti para distraerme de los pensamientos que me congelaban por dentro. Así pasamos de la primavera al invierno, sin punto medio, sin verano ni otoño, eramos extremos, querido, lo eramos; y los extremos no son buenos, seguro que lo has escuchado alguna vez. Pero nuestro amor lo era, ¿Cómo no lo iba a ser? el primer amor, el de verdad, de los que dejan marca de por vida. Hoy aún es herida, aún sangra, pero algún día, será cicatriz, y entonces, reabriremos el ciclo. Y de nuevo habrá primavera, y floreceremos como los lirios, y ojalá que aprendamos a no marchitarnos, ojalá sepamos refugiarnos juntos del hielo como no hemos sabido hacerlo esta vez.

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